¿Alemania, tierra prometida?

Rafael Poch / La Vanguardia

¿Volverá a ser Alemania la tierra prometida que fue en los años sesenta y setenta para el paro estructural español? Leyendo la prensa y observando las colas que hay en España para aprender alemán, así se diría. En aquella lejana época, centenares de miles de campesinos extremeños, andaluces y gallegos acudieron a llenar los puestos de una expansiva industria alemana en pleno “milagro económico”. La Alemania de hoy no atraviesa ningún “milagro” sino que está entrando en recesión, pero necesita especialistas extranjeros, fundamentalmente para mantener la política de salarios bajos que junto con un euro bajo sostiene su competitividad exportadora.

Si de parte alemana este recurso cumple un objetivo claro, para la Europa del Sur azotada por el desempleo representa muy poco alivio. Solo 465.000 del total de los cotizantes a la seguridad social que hay en Alemania, un 1,3%, proceden de los cuatro países críticos del sur, Grecia, Portugal, Italia y España. En el último año esa cifra solo ha aumentado en 33.000 personas, señala el último informe de la Agencia Federal de Trabajo (BA). Españoles y griegos aportan el principal contingente pero son cifras insignificantes.

Lo que España necesita, y el gobierno de Mariano Rajoy viene reclamándole a Merkel en los últimos meses, es un plan de empleo europeo. La respuesta de la canciller ha sido inequívoca: “reflexionaremos si se puede tratar, pero hay que esperar un poco porque todavía no está en la agenda”, le dijo en el encuentro del día 4 en Berlín. A siete meses de sus elecciones generales, Merkel no tiene intención de meterse en cualquier cosa que suene a gasto alemán.

En ausencia de tal plan lo que hay sobre la mesa son migajas como el plan “MobiPro” aprobado por el Ministerio de Trabajo alemán, en vigor desde el uno de enero. Se dirige a fomentar la movilidad profesional de jóvenes europeos cualificados de 18 a 35 años y está dotado, hasta agosto de 2016, con 139 millones de euros en subvenciones para cursos de alemán, formación y gastos de viaje con posibilidad de empleo. En este pequeño plan los europeos del sur compiten con polacos, húngaros, checos, eslovacos, eslovenos y bálticos, que desde mayo de 2011 ya no tienen impedimentos legales para trabajar aquí.

Alemania es una de las principales economías del mundo y a la larga esa posición solo la podemos mantener si nuestras empresas encuentran suficiente mano de obra calificada nacional y extranjera”, dice la ministra de trabajo, Ursula von der Leyen.

La Alemania de leyenda tiene poco gancho

“MobiPro” vende como reclamo “un país cosmopolita”, “divertido para vivir y trabajar” y “abierto a otras culturas”, sin embargo la realidad es que Alemania es muy poco atractiva. Su mercado atrae entre cinco y diez veces menos empleados cualificados de fuera de Europa que países como Dinamarca, Reino Unidos, Canadá o Australia y ocupa la cola de los 34 países de la OCDE, señala el último estudio de esta organización. Eso es sí pese a que el país es de los que menos obstáculos administrativos presenta a esa emigración, señala el estudio. Pese al buen nivel de sus universidades, los bajos costes y amplias posibilidades de trabajo durante los estudios y al acabarlos, muy pocos estudiantes extranjeros acuden a estudiar a Alemania, señala el informe. ¿Qué ocurre? Sin duda el idioma, pero no solo.

Alemania tiene un problema histórico de desagrado cultural hacia la diversidad que supone su emigración, mucho más agudo que países como Francia y Gran Bretaña. El 20% de su población, 16 millones de personas, son descendientes de emigrantes. De ellos, tres millones son turcos. Su situación es paradigmática. La mitad de ellos viven hace más de veinte años en el país y continúan muy separados del resto de la población. Es verdad que (aún) no hay en las ciudades alemanas guetos socialmente tan conflictivos como los del extrarradio parisino, pero ninguna población se mezcla menos con los emigrantes, como lo demuestra el dato de solo un 4% de matrimonios mixtos entre alemanes y ciudadanos de origen turco.

La palabra clave en la materia es “integración”. ¿Qué significa en Alemania? “Anulación de la propia identidad”, estima Nuria Barnolas, una catalana de 29 años que trabaja desde hace siete en el país. En muchos casos hablar correctamente alemán y el pasaporte no bastan para perderse entre la multitud nacional. Además hay que parecer alemán, no solo en la conducta y la mentalidad, sino en el físico. Apenas hay gente de aspecto foráneo en la tele y solo un 13% de los funcionarios tienen algún origen no alemán, frente al 20% en Francia o Reino Unido. Que el actual vicecanciller y ministro de economía, Phillipp Rösler, naciera en Vietnam es un problema. “Nuestra sociedad aún está lejos de aceptar su aspecto asiático“, reconoce el ministro de justicia de Hesse, Jörg Uwe Hahn.

Un nombre y una fotografía de origen turco en una solicitud de empleo disminuye un 14% las posibilidades del postulante”, dice Dilek Kolat, la responsable de trabajo e integración en el Senado berlinés, ella misma de origen turco. Este desagrado refleja una xenofobia estructural que apenas evoluciona, indica año tras año la encuesta “Deutsche Zustände”. Un provinciano y retrógrado supremacismo que aún está muy arraigado en la sociedad, como indica la polémica nacional que creó hace dos años el libro del economista (socialdemócrata) Thilo Sarrazin, y su tesis de que Alemania se autodestruye con la emigración de musulmanes, cultural y genéticamente “peores”. La obra vendió millón y medio de ejemplares, como podía haber ocurrido hace treinta años.

Sobre este entramado, las experiencias son diversas. Entre los jóvenes profesionales españoles, Barnolas, con dos carreras, fluida en alemán y otra media docena de lenguas, y con una experiencia vital y laboral que va de Mali a California, pasando por Bulgaria, resume su medio ambiente laboral de project manager en una empresa de Munich como, “una lucha constante para afirmarse como persona y derribar la imagen que los otros construyen de ti”.

En España se idealiza la situación laboral en Alemania. “No hay conciencia de las dificultades que supone, lo mismo pasaba en Bulgaria, donde los búlgaros soñaban con emigrar a España o en Mali, donde se hablaba de Europa como tierra de grandes oportunidades”, explica Barnolas. Su consejo: emigrar es una inversión, se necesita un mínimo para vivir sin trabajo un tiempo, si se quiere un buen trabajo hay que hablar y escribir correctamente alemán, y hay que contar con los prejuicios y con la realidad: en Munich, una de las ciudades más prósperas, una de cada cinco personas vive por debajo del umbral de pobreza (menos del 60% del salario medio). En el sector precario el panorama tampoco es rosa.

Javier García, 28 años y ocho meses en Alemania, se deslomó cargando muebles en una empresa berlinesa de mudanzas con un contrato de minijob que en realidad era frecuentemente de jornada completa de siglo XIX, más de doce horas. Luego sirvió comida en un centro comercial a cinco euros la hora. El local cerró y sudó semanas para que su patrón le pagara el salario adeudado. Al final unas clases de español en una escuela de Francfort y la posibilidad de un alojamiento barato, le han decidido a cambiar de ciudad. “Creía que en el Oeste de Alemania había más oportunidades, pero no es muy diferente”, dice. No me quejo, la gente ha sido amable y a veces he visto buenas reacciones por ser español”, explica, pero para el precariado el mercado alemán “es una selva”.

Mito y realidad de la “falta de mano de obra”

¿Hay escasez de mano de obra en Alemania? A tenor de lo que afirman los medios de comunicación y asociaciones empresariales, Alemania sufre una aguda “falta de mano de obra” especialmente mano de obra cualificada, que crecerá en el futuro y que tiene que ver con el desarrollo demográfico. La Asociación de ingenieros VDI menciona por ejemplo un agujero de 72.000 ingenieros, en sanidad se habla de una demanda de varios miles de médicos, enfermeras y asistentes sociales. “Faltan miles de maquinistas ferroviarios y fontaneros”, informa Die Welt. Algunas empresas podrían hasta irse del país por ello, señala. La tesis suscita algunas preguntas.

Si eso es así ¿por qué hay miles de ingenieros alemanes bien formados que no encuentran trabajo?, ¿por qué más de tres mil médicos alemanes se han ido a trabajar a Suiza y Austria? ¿Hay realmente escasez de mano de obra en Alemania, un país con cuatro millones de parados reales (incluido un millón no contabilizado estadísticamente) y más de ocho millones de empleados en el sector precario o de salarios bajos, muchos de los cuales desearían regresar a los empleos mejor pagados y a tiempo completo de antes?

Si ese fuera el caso, el fenómeno se reflejaría en los salarios, cuya tendencia al aumento sería indicador claro de escasez, explica Karl Brenke, investigador del Instituto Alemán de Investigación Económica (DIW) una institución pública. Pero eso no ha ocurrido: los salarios de los especialistas apenas han aumentado en los últimos años.

¿Cómo explicar la presunta escasez de “miles de conductores de tren” cuando en ese sector se han registrado huelgas pidiendo un aumento salarial que simplemente compense la inflación? ¿Y qué decir del agujero de médicos cuando los que faltan se han ido a Suiza y Austria porque se les paga mejor? Si faltan asistentes y enfermeros para el cuidado de ancianos y enfermos, ¿tiene eso algo que ver con una situación salarial tan precaria que obliga a los profesionales del sector a practicar el pluriempleo o a complementar su exiguo sueldo con la ayuda social (Hartz IV)? Brenke califica de “problemática” la metodología de cálculo empleada por los estudios del IW de Colonia, próximo a la patronal, que defienden la presunta carencia de ingenieros.

No se puede hablar de escasez de mano de obra cualificada”, dice Gustav Horn, director del instituto IMK, próximo a los sindicatos. Lo que ocurre es que encontrar a esos profesionales ya no es tan fácil como antes cuando había un mayor desempleo, explica este experto. “Muchas veces quien busca trabajo hoy es mayor, su calificación es diferente o quiere mejor sueldo y condiciones de trabajo”. En otras palabras: a las empresas les resulta más caro contratar. De ahí la idea de rellenar los agujeros existentes con mano de obra foránea.

La sospecha de que se está ante una campaña del poderoso lobby empresarial-industrial alemán, con fuerte influencia en los medios de comunicación, para mantener la presión en pro de salarios bajos en el país, se hace irresistible. A efectos de opinión pública el resultado es el siguiente mensaje: el problema económico del país no es la creciente precariedad socio-laboral, ni la desigualdad en aumento, ni el desempleo, sino la falta de mano de obra calificada. Brenke habla de “espejismo”.

Si eso parece ser cierto en términos generales, en algunas regiones y sectores específicos los llamados “cuellos de botella” profesionales no son inventos empresariales, sino realidades manifiestas. Es lo que ocurre, por ejemplo, en la región de Heilbronn-Franken de Baden Württemberg, en el suroeste del país, uno de los emporios industriales más prósperos y eficaces de Europa.

La cámara de industria y comercio local estima en 15.000 el agujero local de especialistas. “Hasta 2015 nos faltarán cada año 7800 especialistas técnicos y 2300 comerciales”, explica el portavoz de la cámara Detlef Schulz-Kuhnt. El año que viene faltarán 2300 universitarios, entre ellos 1700 ingenieros, dice.

Las dos tesis parecen ser correctas: la falta de mano de obra especializada es al mismo tiempo un mito empresarial y una realidad tangible en determinados sectores y regiones, a causa de necesidades muy específicas de la industria que son muy complicadas de cubrir o de la emigración de la juventud local por falta de universidades locales, el caso de Heilbronn-Franken. Lo que parece claro, en cualquier caso, es que este aparente “agujero” alemán es anecdótico como alivio del desempleo de la Europa del sur y del español en particular.

(1) Rafael Poch-de-Feliu (Barcelona, 1956) ha sido veinte años corresponsal de La Vanguardia en Moscú y Pekín. Antes estudió historia contemporánea en Barcelona y Berlín Oeste, fue corresponsal en España de ‘Die Tageszeitung‘, redactor de la agencia alemana de prensa DPA en Hamburgo y corresponsal itinerante en Europa del Este (1983 a 1987). Actual corresponsal de La Vanguardia en Berlín.

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